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Ganas de decir que te quiero en lugares públicos

Vamos a pasar de las metáforas. Tengo ganas de decir que te quiero en un lugar público. No hace falta que te lo diga a ti, directamente, ya estás cansada de oírlo. Quiero decírselo, quizá, a la más tímida de tus amigas mientras tú te levantas para ir al baño, que ni siquiera te des la vuelta para ver sus labios abiertos en o, y que simplemente al mirarte en el espejo de después, de después de después, descubras que he recorrido la distancia de la mesa hasta el desorden de tus mejillas. Quizá se lo cuente al farmacéutico cuando, impaciente, esperas en el coche pintándote los labios para disimular que él mire por encima de mi hombro y luego por debajo de mi brazo y luego cierre para venirse corriendo detrás de nosotros con su cargamento de pastillas para la tos de después de después y sus antigripales y una pancarta que diga que te quiero, fabricada, como hacen los secuestradores malos, con los recortes de los titulares del Hola que roba en el kiosko de al lado. Quiero gritarlo en la bib...
Eres mi hotel de una estrella: una vez dentro de ti sólo quiero cerrar la habitación con llave.

Capricho

Que escribas un día de estos pimientos rellenos, y te observe desde el salón con la cebolla a lágrima suelta. Un sábado mediodía cualquiera, que pongas primero a flotar en una sartén las canciones que son nuestras canciones para hacer el amor, y así se vaya calentando el aceite. Que mientras tanto te embarques las manos de blanco tinta para recibir la masa, y que de tan simple que suenan jamón y queso philadelphia juguemos al seudónimo, como los escritores de éxito, y los renombremos diafragma y secreter. Que luego, con las canciones acercándose a la ebullición, garabatees un bol ancho del estante de arriba y mezcles en él las raíces de mis palabras, contenidas en el diafragma, y el punto justo de mis secretos, que se guardaban hasta que llegaste en el mueble que no hace más que buscarlos con el nombre. Que antes de freír en nuestro estribillo favorito, me abraces, rojo, fuerte las letras, los secretos y todo lo demás, y ya juntos pimientos rellenos que pasar por la sartén. Bajar el fu...

Quiromancia

Trabajos manuales de precisión sobre la palma de mis manos. Mientras el dorso se broncea en las antípodas del invierno, trabajos de precisión a cargo del final de tus dedos, ese lugar híbrido que contiene a la vez el placer infinito de la caricia en el centímetro cuadrado que mide cualquiera de tus yemas de tus diez cualesquiera y el certero dolor que es capaz de abrir afilada hasta la más meñique de tus uñas. Para borrar la línea del dinero, París y champagne y fresas; para borrar la línea de la vida, tu vida encima y debajo y alrededor y la amnesia de los domingos; para borrar la línea del amor, el amor entero para demostrar que tu amor no puede caber en una línea. Ahora que has removido toda la tierra de mi pasado, y que asomas tu nariz ante una palma abierta, lisa, en la que es imposible adivinar el futuro recuerdo que desde el principio me dijiste que siempre te ha gustado más escribir que leer.

Al final del plan

Al final del plan, quizá lo hayas supuesto, está la secreta intención de hacerme amigo de todos los empleados de las gasolineras de todos nuestros lugares comunes, e incluso de los puntos de la línea de puntos que une nuestros lugares comunes. Conversar cinco minutos una vez, diez otra, quizá una hora entera mientras el aire rellena los neumáticos, con esos personajes de las tres de la mañana el cigarro encendido en la oscuridad de los grillos, esos que se preguntan quizá si algún día las letras anaranjadas de REPSOL se fundirán y vendrá un técnico a repararlas o si pasarán treinta años al servicio de tan renombrada empresa refinera y las luces, unas miserables luces, les sobrevivirán en la carretera y en los libros de historia y en el lugar del fondo de la memoria donde quedan las imágenes impresas. Ser quien enciende el cigarro alguna vez, y quien asiente después de dos horas de viaje en la parada reglamentaria y necesaria fisiológicamente, cuando la barba que nace después de ocho ho...

Microclima

mi corazón habita el cruce de tus dedos, porque es una suerte pertenecer al índice que envuelve el tuyo; y porque si habitase otro cruce, como el cruce de tus piernas, hace tiempo que hubiera muerto de infarto

Días soleados

Mis amigos mueren en días soleados frente a la costa más oriental del Mediterráneo; organizamos una fiesta blanca en la que lucen farolillos de papel y bailamos alrededor de la noche bebiendo martini seco y recordando a nuestro querido difunto hasta que caemos borrachos hasta que amanece hasta que al amaneceralguien vuelve a morir. Mis amigos mueren; llegamos a pensar un poco en ellos cuando despertamos los sábados: qué buenos eran, cuánto les queríamos, por qué coño se han ido y qué vamos a hacer con la cantidad de vida que les quedaba por desenvolver. Pero el día es tan maravilloso que no podemos dejar de bajar a la playa. Mientras nos bañamos completamente desnudo alguien vuelve a morir. Mis amigos mueren; su muerte les recuerda a los poetas del grupo, siempre tan orientales, a la caída de las flores del almendro, que destapa un perfume acaramelado capaz de alegrar cualquier habitación, por oscura que sea, en la que sin darnos cuenta alguien vuelve a morir. Mis amigos mueren; suena ...

Sin plomo de noventa y ocho

Se encontraron en aquella gasolinera abandonada junto a la carretera abandonada junto al cañón, más bien frente al cañón junto a los cien metros de caída vertical. Como en Thelma y Louise, susurró ella en sonrisa de pena de muerte, los dedos rizándole la nuca; como Bonnie and Clyde, pensó él mientras se quitaban la ropa en corazonadas mientras se follaban a destierro sobre el capó de un Mustang mientras se arrancaban la piel en el polvo de la piel del desierto. Después del sudor sonrieron, sabiendo que si esto hubiera sido una historia de amor ya hubieran mordido el final perfecto, y comenzaron a enumerarse las cicatrices, sus intermitentes amores de fogueo. Ella: asalto a mano descubierta a la comisaría del último pueblo el comisario en calzoncillos se cagaron dos oficiales se callaron las taquígrafas dejar las paredes de rojo sangrante dejar todavía una bala en la recámara y salir silbando una canción que no era de amor ni todo lo contrario en la radio de un coche patrulla. Él: corru...

Luger to the talent of the tiger

El talento del tigre estalla en el segundo en que está a un segundo de la yugular de su víctima. Hasta entonces podría formar parte de la galería de las puertas por abrir, o del silencio, porque el tigre no es ni el felino más rápido ni el rey de la sabana, ni siquiera está en suficiente peligro de extinción como para tener la especialidad de los días de verano con lluvia. El talento del tigre, que aniquila el instante en el que está a las puertas de matar y así cerrar las puertas, descansa lo que queda del día en la parte de atrás de la córnea, de la misma manera que lo hace un el diccionario de un poeta, siempre con una palabra detrás de los ojos, esperando verse atravesada por una bala para explotar hasta la boca. Por eso ansío besarte 9mm parabellum: para que me revientes.

La imposibilidad de la poesía, que diría un vate

( en proceso, que conste ) Ahora que tengo tiempo, ahora que el trabajo de mierda me está dejando tiempo para tomarle la temperatura a tus vientos y saber por dónde sopla el que más (me) calienta, para saberte de carrerilla las geografías y hacer matrícula cum laude en las orillas de tus continentes, hasta desbordarte, para hacer el desayuno para enfriar el desayuno con el tiempo que el tiempo tarda en dejarnos vacíos de ganas, para rascar del sol de diciembre los restos de nuestros bronceados, hacer sonar las llaves de las puertas de las cosas simples que se esconden en el fondo de nuestra habitación. Ahora que tengo tiempo, ahora que los domingos merecen su nombre y nosotros sus apellidos y con estas credenciales asaltar los carteles de las marquesinas las carreteras recién abiertas, los bares las barras de los bares los escenarios de los bares los baños de los bares; ahora que tengo tiempo para pasar las tardes de frío, como diría cualquier lírico, durmiéndote las horas / en las hor...